jueves, 3 de mayo de 2012

El retrato del torero Domingo Ortega, de Ignacio Zuloaga, en el Salón Vilches, 1945


            En junio de 1945 se realiza la última exposición en Madrid de una obra de Ignacio Zuloaga: se trata del Retrato del torero Domingo Ortega[1] . Fue éste uno de los últimos retratos de torero pintados por el maestro Zuloaga, un retrato magnífico y terminado, no así el de Manolete, que dejaría inconcluso. En este caso se sitúa en la línea del retrato de Belmonte, realizado en 1924  -al que seguirían el de Rafael Albaicín, Antonio Sánchez y el de Ángel Carmona Camisero-, pero prescindiendo de toda indicación narrativa. Es claramente un retrato de estudio, a pesar de la escasa neutralidad del fondo, en el que el torero no lleva capote ni sombrero[2].

            Recuerda el crítico de ABC en la crónica publicada tras la muerte del pintor, acaecida el 31 de octubre, que “Madrid había sido el último cielo que dio luces a su paleta (…). Recordemos las exposiciones celebradas en el Museo de Arte Moderno y en los Salones de la revista Escorial, el año 1941; la del Retrato de Pedro de Valdivia, en el Ministerio de Asuntos Exteriores; las de otros cuadros en un típico hostal del barrio de Lavapiés; su aportación a la Exposición de Floreros y Bodegones y, por último, la exposición del Retrato de Domingo Ortega”.

            Estamos –asegura Azcoaga- ante un gran retrato de Ignacio Zuloaga. Por él sabemos no sólo del garboso aspecto físico del torero sino también del profundo estudio realizado en la psicología del retratado, que nos viene dada por la elocuencia contenida de su rostro y por la resolución plástica, de pincelada espesa y dramática, con que está resuelto.

            Como en casi todos los últimos retratos de Zuloaga –sin diferenciarse en lo esencial de la manera que le ha dado fama-, el lienzo se divide en tres partes (cabeza, cuerpo y parte inferior). La ponderación de las calidades hace que la figura del torero aparezca gravitando y, sin embargo, “puja hacia lo alto por una destreza expresiva singular”.

            Sigue diciendo Azcoaga que si Zuloaga no ha situado al retratado en un ambiente más rico, sino que lo hace en un fondo sobrio y sencillo no es porque el artista desconozca el procedimiento, sino porque, ya desde sus primeras épocas, bien coloca las figuras en un ambiente escenográfico elaborado, bien las obliga a defenderse por sí mismas sin ninguna otra referencia plástica. La prueba de todo ello es la consistencia y densidad que la figura tiene dentro del cuadro.

            El atrevimiento cromático a que llega Zuloaga en este retrato es considerable y queda de manifiesto en la conjugación de los amarillos, el violeta de la taleguilla, el azul de la chaqueta y el color barquillo del rostro.

            El Retrato del torero Domingo Ortega ha sido cedido en depósito por los herederos de la familia del torero y se encuentra expuesto en una de las principales salas del Museo Taurino de Las Ventas (Madrid), tras la restauración llevada a cabo por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Comunidad de Madrid. Al acto de inauguración de la instalación de la obra de Zuloaga en el Museo Taurino (noviembre de 2011) asistió la Presidenta de la Comunidad de Madrid[3].





[1] Información obtenida de:
-          ENRIQUE DE AZCOAGA, “Retrato de Domingo Ortega, de Ignacio Zuloaga”, Cartel de las Artes, 1 de julio de 1945.
-          GIRALDILLO, “En la mañana de ayer falleció en Madrid el insigne pintor D. Ignacio Zuloaga”, ABC, 1 de noviembre de 1945.
[2] Zuloaga, Madrid, Sarpe, 1983.

sábado, 11 de febrero de 2012

Última exposición de Joaquín Mir, 1940

Sólo unos meses después de terminada la Guerra Civil, parece que el panorama artístico de la capital de España se va desentumeciendo y tras muchos meses sin una exposición, los pintores, tan alejados de la circulación desde hacía no pocos años,  van mostrando su obra al público madrileño. Un grupo de artistas catalanes decide salir de Barcelona y exponer en Madrid, como es el caso que nos ocupa. Una exposición de Mir es siempre un festivo acontecimiento, aunque no nos muestre sus mejores lienzos y, con todo, quien la visita “sale de ella enriquecido con una colección de cinco o seis verdes distintos, verdadero regalo del alma”.

Joaquín Mir fallecía tres días antes de ser clausurada esta exposición
[Archivo García-Tapia Vilches]


La exposición de la obra más reciente de Joaquín Mir[1] se muestra en el Salón en 1940, del 15 al 30 de abril. El acto de inauguración corrió a cargo del Marqués de Lozoya, Director de Bellas Artes, y entre los asistentes figuraron muchos pintores, críticos de arte y personas destacadas de la prensa y la literatura.


 La muestra se compone de veinticinco cuadros, todos ellos paisajes, algunos de ellos ya conocidos: El Ebro (Mirabet), Atardecer en el Montseny, Día de viento (Andorra), Camino del Molino, Entrada al pueblo (Gualba), Laboreo, Almiar, Casa en el bosque, Casa en el campo, El molino, Interior, Riachuelo, El arroyo, El atajo, Encinares, Calafell (Tarragona), Almendros en flor, Montserrat, Carretera, Las islas Medas, Crepúsculo de un huerto, Arroyuelo, Nieblas en el Montseny, Plaza de la iglesia y Alcornoques.



Alcornoques
[Archivo García-Tapia Vilches]


 “Paisajista puro”, le denomina Francisco de Cossío en su crítica de ABC. Frente a un paisaje de Mir es el propio paisaje que el pintor ha impreso en la tela el que nos da todo, nos da la forma de un sentimiento permanente, el espectador no tiene que “añadir” nada en él; es el sentimiento del paisajista y la identificación de lo que plasma con los distintos estados del alma lo que en él apreciamos. En el paisaje de Mir, “nos sentimos dentro de él”.


Muchas de sus obras (Día de viento, El Ebro en Mirabet, El mar en Calafell), no son sino la expresión de un instante que interpreta “para aliviar su espíritu de un peso”. La anécdota ha desaparecido de sus cuadros ante la fuerza de lo esencial y en ellos triunfa sólo el color, principio y fin de todos sus paisajes.


Calafell
[Archivo García Tapia Vilches]
Frescos y diáfanos verdes, rosas delicados, pinceladas de difícil sencillez, sigue diciendo la crítica de ABC. Prueba de ello son los títulos que muestra, y el que denomina Calafell (Tarragona), “admirable expresión y síntesis de tierra, mar y cielo”, quizá el mejor cuadro de todos los que exhibe.

Las islas Medas
[Archivo García-Tapia Vilches]
Joaquín Mir Trinxet (Barcelona, 1873-1940) es uno de nuestros pintores de mayor y más inconfundible personalidad, que destaca por su fogoso y sensual cromatismo, alejada de cualquier intento realista y puesta al servicio de su particular visión del paisaje.


[1] Información obtenida de la prensa de la época y del catálogo de la exposición, procedente de la Biblioteca de Catalunya.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Un poco de historia

Manuel Vilches Ramón (Córdoba, 1870-Madrid, 1940) es el fundador del Salón Vilches, también conocido como Sala o Casa Vilches.
Con veinte años, llega a Madrid a probar fortuna y allí se emplea en el antiguo café Fornos, lugar en el que comienza a tomar contacto con el mundo literario y artístico de la capital. Su arrojo y confianza inquebrantable fructifican en la apertura de un primer establecimiento en la calle del Príncipe 19 y 21, establecimiento dedicado a la venta de artísticas molduras, caricaturas y miniaturas, que pronto contaría con un pequeño espacio dedicado a exposiciones, pues ya en 1895 comienza el trato directo con los artistas.
Numerosas son las exposiciones que se organizan en el Salón Vilches durante los primeros años del siglo XX, que darán prestigio y fama a la Casa a lo largo de toda su existencia. Cabría destacar el paso por el establecimiento de figuras tan importantes en la historia del arte español como Pradilla, Unceta, Pichot, Lam, Regoyos, Rosales, Pinazo, Rusiñol, Moreno Carbonero, Gutiérrez Solana y otros muchos.
En la década de los veinte, el negocio amplía sus miras y se traslada a la calle Gran Vía 22 (antigua calle de Conde de Peñalver y posteriormente avenida de José Antonio) donde permanecerá hasta 1955, aproximadamente.
A la muerte de Manuel Vilches, en 1940, la Sala de exposiciones pasa a manos de sus hijos, José Luis y Alfonso, quienes gestionarán el negocio, principalmente el primero, José Luis Vilches , que en los años cincuenta inaugura una nueva sala de exposiciones en la calle Serrano 50, mientras que su hermano Alfonso iniciará su andadura en Gran Vía 84.

La investigación de la historia del Salón Vilches, fundado por quien fue nuestro bisabuelo Manuel, es el motivo de la creación de este espacio en internet que nos proporcionará la posibilidad de contactar con aquellas personas e instituciones que conozcan o tengan en su poder algún tipo de documentación, la más valiosa para nosotros: catálogos de exposiciones, correspondencia...
Todo este tipo de material efímero no es fácil de encontrar en bibliotecas, pues muchos de ellos son simples catálogo-invitación con no más de dos páginas, material que no suele catalogarse en bibliotecas o que puede encontrase en archivos no accesibles desde internet. También sabemos que en ocasiones se conservan gracias a la paciencia de algunos coleccionistas. Nuestro interés está en obtener copias de dichos documentos o bien conseguir referencias de los mismos.
El trabajo de investigación y documentación se encuentra en una fase bastante avanzada y son numerosos los catálogos que hemos podido localizar en bibliotecas españolas gracias a la paciencia y amabilidad del personal de muchas de ellas. Pero con todo, no es suficiente.
Así pues, si podemos solicitar vuestra colaboración, gracias a las posibilidades que nos ofrece la tecnología, podéis contactar con nosotros mediante el correo electrónico que figura en el perfil o bien dejando vuestro comentario. Gracias.

jueves, 15 de diciembre de 2011

El Marajah de Patiala, de Gustavo de Maeztu

En octubre de 1928 el Marajah de Patiala  llegaba a la capital de España, acompañado de su hermano y su séquito. Además del monasterio de El Escorial, visita en la que fue acompañado por el Rey Alfonso XIII, y el Museo del Prado, el marajah recorrió la  ciudad de Toledo, mientras que las visitas que tenía proyectadas por varias ciudades andaluzas hubieron de ser suspendidas[1].

Esta es la noticia. Ahora veamos la historia del cuadro que Maeztu pintó en 1928 y cuya fotografía figura entre las que se conservan en el archivo del Salón Vilches; una fotografía dedicada por el pintor: “Para el Señor Viches, muy afectuosamente”.

En el reportaje[2] que el periodista César González-Ruano realiza en el estudio madrileño del pintor Rafael Aguado, estudio en el que también se encuentra Maeztu, se comenta, entre otras cuestiones, el retrato del Marajah de Patiala, uno de los más bellos y famosos retratos de Gustavo de Maeztu. Según el periodista, este impresionante cuadro lo vio expuesto en Madrid, en Vilches, después de una exposición que el pintor realizó en Bilbao. El retrato se pintó en el mismo estudio en el que los tres conversan para este reportaje, pero el marajah no acudió al mismo, todo fue “mejor que si hubiera venido” hasta aquí, refiere Maeztu.

[Archivo García-Tapia Vilches]
Cuenta que un día le vio a la entrada del Museo del Prado. Su visión le impresionó y le traumatizó. Le siguió por las salas, mientras tomaba apuntes en un block. El príncipe se detenía de vez en cuando y le miraba de reojo. Se le acercó uno del séquito a preguntarle si quería que le indicara algo a su señor. Maeztu le contestó negativamente y marchó corriendo al estudio de Aguado, donde, “de un modo apasionado y casi febril”, se puso a realizar el retrato. Sigue diciendo el pintor que “se me aparecía en toda la sensualidad de unas telas que yo no había visto en él, pues iba vestido a la europea. Aquí le llenaba de collares, de brochazos rojos… (…) Le veía, según pintaba, mucho mejor que si estuviera delante, porque lo importante es adivinar uno el volumen (…) Después salieron fotografías suyas vestido de indio y ¡chico, le había pintado lo mismo! ¡Hasta el tamaño de las perlas!”

Gustavo de Maeztu Whitney (Vitoria, 1887-Estella, Navarra 1947), pintor y grabador, hermano de Ramiro de Maeztu, discípulo, en Bilbao, de Lecuona y Manuel Losada, su pintura es un tanto monumental, casi mural, y a veces un poco retórica. Dibujante rotundo y audaz colorista, da a sus obras, junto con el grueso empaste de la materia, un sentido escultórico y un modelado rotundo[3].

En la preciosa localidad navarra de Estella se encuentra el Museo de Gustavo de Maeztu.

En este enlace hay una fotografía del marajah y sus acompañantes:


[1] “Información Nacional. Madrid. El maharajá de Patiala. Lo que dice el príncipe indio”, La Vanguardia, 24 de octubre de 1928.
[2] CÉSAR GONZÁLEZ-RUANO, “Informaciones y reportajes”, ABC Sevilla, 30 de julio de 1932.
[3] Guía de artistas vascos. Museo de Bellas Artes de Bilbao, Bilbao, 2008, pp. 92-93.

martes, 11 de octubre de 2011

Exposición de los grandes maestros: Anselmo de Miguel Nieto, Ramón y Valentín de Zubiaurre, Eugenio Hermoso en el Salón Vilches, 1924


A partir del verano de 1923 encontramos en la prensa madrileña el anuncio comercial en el que se da a conocer la liquidación de todos los objetos de arte, grabados, aguafuertes, marcos y libros de arte del local situado en la calle del Prìncipe 17, lo que obliga a Manuel Vilches a instalarse provisionalmente en Alcalá 48, donde seguirá con la liquidación de todos los artículos, hasta la apertura, en noviembre de 1924, del nuevo Salón en la calle de las Tres Cruces, número 12, esquina a Gran Vía.
Durante todo este tiempo no se pone en marcha  ninguna exposición, no  hasta  el doce de diciembre de ese año cuando se inaugura el nuevo local con una importante muestra dedicada a los maestros Anselmo de Miguel Nieto, Valentín y Ramón Zubiaurre y Eugenio Hermoso[1].
La exposición que se abre al público el 12 de diciembre, importante en cuanto a la talla de los artistas, coincide con la inauguración del nuevo  local. Al acto asistió numeroso público que tributó merecidos elogios a las obras expuestas.

           Acto inaugural [Ilustración de Nuevo Mundo]
En la primera sala se exhiben las obras de los hermanos Ramón y Valentín de Zubiaurre, cuatro de cada uno de ellos, que presentan una interesante colección de tipos y asuntos vascos. Ambos hermanos tienen en común los modelos, los lugares y los asuntos, sin apartarse de la trayectoria ideológica y cromática ya definida hace tiempo. E incluso se circunscriben aún más a su tierra vasca que en los comienzos, cuando Castilla les seducía con su cromatismo. Los Zubiaurre –según opinión de Francés-  “procuran a cada nueva obra añadir más profundidad característica o más amplias síntesis de forma y gamas; fijar la entrañable virtualidad emotiva de la raza y de la naturaleza, o exaltarla en armoniosa pompa y en apasionado dinamismo. He aquí, en esa doble faceta que va desde lo recóndito a lo esparcido, las fraternas modalidades de ambos artistas (…)”.

Pastorela

Sin embargo, Valentín es más austero, más estático, “de una honda sonoridad de armonio” y proclive a las figuras en reposo. En Pastorela, por ejemplo, donde se aprecia cierta tendencia decorativa, se acentúa en la composición el equilibrio, la calma y cierta tristeza. Su estilo está más definido en La ofrenda del pan y, sobre todo, en Viejas leyes, nueva flor, obra culminante de las cuatro expuestas.

Viejas leyes, nueva flor

Ramón, por su parte, logra un mayor dinamismo en su obra, sin olvidar el vigor constructivo ni la expresión sosegada de los vascos, como vemos en la cabeza del viejo en el cuadro Después de la pesca o en la anciana pareja de Un caserío de Vera.


Shanti Andía, el temerario


Después de la pesca













El impulso, la vida activa y los movimientos rápidos están patentes en Al mercado, Los remeros vencedores de Ondárroa o en Shanti Andía, el temerario.  Este último cuadro fue premiado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año con Medalla de Primera Clase y en opinión de Bernardino de Pantorba[2] el cuadro del marino vasco “no carece de las notas caricaturescas que, más acentuadas en los Remeros vencedores de Ondárroa, valieron al autor, en 1915, no pocas censuras,a pesar de haber obtenido segunda medalla en la Exposición Nacional. La pintura de los hermanos Zubiaurre tiene semejanzas evidentes pero no la misma calidad. Ramón no alcanza nunca el nivel de Valentín, pintor más profundo, más cuajado y más personal y dueño de un dibujo del que su hermano carece”.
Valentín de Zubiaurre (Madrid, 1879-1963) es el pintor del campesinado vasco, así como de sus costumbres y tradiciones. Realiza sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde tiene por maestros a pintores tradicionales como Moreno Carbonero y Muñoz Degrain. La pintura de Valentín es más serena y su gama de colores más fría que la de su hermano.  Ramón (Garay, Vizcaya,1882-Madrid, 1969) también estudio en la Escuela de Bellas Artes madrileña y tuvo entre sus compañeros a Romero de Torres, Sotomayor, Benedito, etc. En su obra es bien patente el carácter épico del arte vasco, que aflora más en la temática y la iconografía que en el aspecto propiamente plástico de las obras. Además, influenciado por la estampa japonesa hace un uso atípico de la perspectiva, donde los fondos adquieren gran importancia, trabajando el lienzo con colores templados, meticulosamente superpuestos.
En la segunda sala, más amplia que la primera y mejor acondicionada de luz, se exhiben seis cuadros de Eugenio Hermoso y cuatro de Anselmo de Miguel Nieto, que presentan retratos y apuntes de mujeres. No es nada frecuente ver en público la obra de Anselmo de Miguel Nieto, pues no envía cuadros a las Exposiciones Nacionales ni exhibe aisladamente. Su última exposición data de 1914, en los salones de La Tribuna.  
Oro y rojo
En sus obras, donde es bien apreciable la educación visual en la escuela española, hay además una inclinación hacia la pintura italiana en cuanto a las indumentarias lujosas y la pompa un tanto escénica de los fondos.
Ojos verdes
Presenta tres retratos de mujeres y un estudio. De ellos, el titulado Retrato, es “una sinfonía suave de grises, una delicadísima armonía toda ternura y buen gusto”. Los otros dos cuadros Oro y rojo y Ojos verdes, sobre todo el primero, demuestran su maestría con el color y el dominio de las ricas telas.
Anselmo de Miguel Nieto (Valladolid, 1881-Madrid, 1964) estudió en la Escuela de Bellas Artes vallisoletana y fue discípulo de José Martí Monsó y de Luciano Sánchez Santarén. En 1900 marchó a Madrid para continuar sus estudios en la Academia de San Fernando. La beca que obtiene de la Diputación de Valladolid le lleva primero a Roma y después viajará a Paris, donde toma contacto con el impresionismo y el modernismo.

De lavara los paños
Frente a las mujeres de Miguel Nieto, las de Eugenio Hermoso nos producen un brusco cambio y contraste: son mujeres sencillas, vestidas con ropas humildes y en actitud de mirar siempre al espectador, y donde el color ha pasado de ser vibrante  a una tranquila serenidad y sosiego, alejándose para siempre del “énfasis cromático”. También incorpora un retrato de mujer distinguida, el Retrato de la Señora de Balsega.
Eugenio Hermoso (Fregenal de la Sierra, Badajoz 1883-Madrid, 1963) fue alumno de Gonzalo Bilbao y de José Jiménez Aranda en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. Aunque desde su viaje a Paris, donde toma contacto con las vanguardias, siempre mantuvo una postura encontrada con la abstracción, en su obra la figura humana tiene gran importancia. En su obra destacan, junto a los retratos, los espléndidos desnudos y las escenas de interior.

 
Retrato
A la ventana
                             
[1] Información  extraída de los periódicos de la época.
[2] BERNARDINO DE PANTORBA, Historia y crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes celebradas en España, 1980,  pp. 263.

lunes, 18 de julio de 2011

Los Carteles de la Perfumería Gal en el Salón Vilches, 1916


La Perfumería Gal [1]inaugura, en los salones de la calle del Príncipe a primeros del mes de junio y hasta el 15 de dicho mes, una importante exposición que recoge ciento cinco obras de artistas, la mayoría de gran mérito artístico, muy elogiada tanto por la crítica, como por el público.

  






Pero para conocer el porqué de esta exposición es necesario mirar hacia atrás y centrarnos en el mes de marzo de 1916, fecha en la que la Casa Gal convoca un concurso de carteles para promocionar su producto el Jabón Heno de Pravia, que significó un gran acontecimiento. En 1915 la Casa Gal había inaugurado la nueva fábrica de la Moncloa, que reunía todos los adelantos tecnológicos del momento, tanto desde el punto de vista arquitectónico como en la maquinaria.
Se iba convirtiendo en algo frecuente que la industria española adquiriese la costumbre de anunciar sus productos por medio de carteles o reclamos de tipo artístico, que más tenían de artísticos que de simbólicos o representativos del susodicho producto. En este sentido, la Perfumería Gal fue pionera en la idea de unir arte con negocio.
El final del auge del cartel español, que algunos sitúan a mediados de la década de los veinte del siglo pasado, en realidad no es más que un momento de transición que dará paso a una nueva generación de dibujantes encabezados por Bartolozzi, Penagos y Ribas, causa y origen de la renovación de la ilustración publicitaria y el diseño gráfico en España[2], propiciada ésta, entre otras razones, por el restablecimiento de la tradición de convocar concursos artísticos, especialmente de carteles. Formados los tres en París, supieron aclimatar las técnicas del arte del cartel a la personalidad española, dominaron todo el panorama en lo que se refiere a este género artístico y sentaron las bases de un nuevo arte que, en el caso de Madrid, carecía de tradición (no así en Cataluña, recordemos la brillante etapa del cartel modernista catalán).
El concurso se celebró en los salones del Círculo Artístico de Barcelona. Se admitieron cuatrocientas setenta obras de las más de quinientas presentadas a concurso. El jurado estaba formado por la Junta Directiva y la Sección de Pintura del Círculo Catalán.


Salones del Círculo Artístico de Barcelona donde se celebró el concurso [Ilustración de La Esfera]






Se trataba de un concurso de carteles de pequeño tamaño (55 x 40 cm.), destinados a ser exhibidos y luego impresos como ilustraciones en revistas. Fue la revista La Esfera la que consiguió los derechos de publicación de gran parte de los trabajos presentados, que ilustraron la cubierta a color de algunos de los números de la revista, como es el caso del cartel presentado por Federico Ribas, uno de los tres ganadores, que aparece en el número correspondiente al  día 27 de mayo de 1916.
En cuanto a los participantes, los artistas que tomaron parte fueron españoles y extranjeros, procedentes de los distintos campos de las artes plásticas (ilustradores, humoristas, estampistas e incluso escultores), de entre los que espigamos nombres tan conocidos como Joaquín Xaudaró, Enrique Simonet, Carlos Vázquez, Ramón Mir, Luis Dubón…
Entre todos ellos están los premiados, Salvador Bartolozzi (Madrid, 1882-Méjico, 1950), Rafael de Penagos (Madrid, 1889-1954) y Federico Ribas (Vigo, 1890-Buenos Aires, 1952), que compartieron el premio del concurso y la gratificación económica de mil pesetas cada uno. Para el crítico de España, Juan de la Encina, no es la obra ganadora de Penagos la de mayor calidad de las que presenta al concurso, sino Claudina. Y considera que el cartel de Ángel Vivanco debería haber sido premiado, a su juicio. También Doménch, desde ABC, señala como excelente la obra de Juan Ardit, admirable tanto por el dominio de la técnica del arte del cartel, como por el de la cromolitografía, siguiendo, en cierto modo, la tendencia alemana y austriaca.
El concurso promovido por la Casa Gal fue la constatación definitiva de estas tres figuras de ilustradores y dibujantes y supuso la contratación de Ribas como Director Artístico de la empresa.

En el cartel de Salvador Bartolozzi, titulado Shingetsu, destaca una figura de mujer envuelta en amplios ropajes sólo definidos por manchas de color, una audaz armonía de tonos en la que destaca la nota vibrante del manto amarillo-anaranjado sobre el fondo de laca japonesa en el que hay un detalle tan prodigioso como un samurayo, que parece sacado de una estampa de Hokusai. Es evidente en este cartel la influencia del arte japonés, tan importante en el modernismo, aunque Bartolozzi huye del recargamiento en favor de un arte más sintético. La figura sostiene el  producto, mostrándolo, pero nada en ella nos indica el uso ni las cualidades del  producto.Este cartel es el más claramente artístico de entre los tres premiados, pero también el menos publicitario.
 Shingetsu, de Salvador Bartolozzi [Ilustración de La Esfera]

El cartel presentado por Rafael de Penagos, titulado La Srta. Pilar, nos muestra una figura mucho más real que la anterior. Representa a una joven arrodillada en el suelo lavándose las manos, siendo, de este modo, el único que alude al uso del producto que pretende anunciarse. Lo más destacable del mismo es la sobriedad de la composición y la utilización de tonos grises y rojizos.
La Srta. Pilar, de Rafael de Penagos

Por último, el cartel de Federico Ribas, que lo envió desde París bajo el lema Pompadour. Representa a una mujer vestida y adornada con indumentaria del siglo XVIII. Al fondo, cuatro figuras que parecen cupidos con jabones en las manos. La figura de la joven, vestida de amarillo anaranjado, apunta, con su abanico, hacia el jabón Heno de Pravia. Al contrario que el de Bartolozzi, sin dejar de ser artístico, este cartel tiene un carácter mucho más publicitario. A pesar de ser un cartel un tanto estático, tiene suficiente impacto.
 Pompadour, de Federico Ribas



[1] Datos sacados de los periódicos de la época.
[2] Magnífico estudio sobre este concurso en: SUSANA DE ANDRÉS DEL CAMPO Y Mª CRUZ ALVARADO LÓPEZ, “Gal: un siglo de perfumería, un siglo de publicidad”, Publifilia, revista de culturas publicitarias, diciembre de 1998 (pp. 23-49) y diciembre de 1999 (pp. 49-64). EVA QUINTAS FROUFE, “Origen y proliferación de los concursos de carteles a principios del siglo XX:  El concurso de la Perfumería Gal (1916)”, Área Abierta, nº 21, noviembre de 2008 [www.ucm.es/BUCM/revistas/inf/15788393/.../ARAB0808330001D.PDF, consultada el 16 de julio de 2011].
Sobre Salvador Bartolozzi: Mª DEL MAR LOZANO BARTOLOZZI, Los carteles y el arte publicitario de Salvador Bartolozzi (1882-1950) [dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=107454&orden=0, consultada el 17 de junio de 2011]. Además, recoge la exposición en el Salón Vilches: DAVID VELA CERVERA, Salvador Bartolozzi (1882-1950). Ilustración gráfica. Escenografía. Narrativa y teatro para niños [www.cervantesvirtual.com., consultada el 10 de diciembre de 2010].

lunes, 2 de mayo de 2011

Gonzalo Bilbao en el Salón Vilches, 1912

 

[Ilustración de La Esfera, 1914]
 El año 1911 se cierra en marzo con la exposición de Sancha y Medina Vera. En los meses de inactividadad que siguen a la última exposición de 1911 se ha procedido al cambio de local, que se traslada desde la calle del Príncipe 19 y 21 a la misma calle, pero al número 17. Este nuevo local se inaugura en la tarde del 31 de marzo de 1912. Sabemos que no hubo exposiciones hasta la temporada siguiente, hasta el invierno de 1912, y, la que será exposición inaugural, corresponde al maestro Gonzalo Bilbao . Toda la prensa aplaude la apertura del nuevo Salón con la exposición del maestro Bilbao, dando de esta manera al acto “la importancia que su necesidad merecía”.Cuatro palabras dedica Francisco Alcántara al Salón Vilches, a los saloncitos de Vilches, donde siempre se ofrece “una nota de avanzada modernidad en cuanto se refiere a la manera sobria y delicadamente artística de acoger las obras de arte” .

 El día dos de diciembre se inaugura en la nueva Sala de exposiciones, de cinco a ocho de la tarde, la muestra del maestro Gonzalo Bilbao (Sevilla, 1860-Madrid, 1938), con un total de cincuenta obras del ilustre pintor sevillano, que presenta su obra por primera vez tras su regreso de la exposición de Buenos Aires, donde ha representado a España en el jurado internacional, obra compuesta por retratos, cuadros de género, paisajes y bocetos[1].
Por estos años, Gonzalo Bilbao es ya un maestro consagrado que aprovecha estas pequeñas exposiciones para mostrar periódicamente sus trabajos a discípulos y aficionados. Es ya un insigne artista que ha llegado a la completa madurez de su talento y al dominio absoluto de la técnica. Sin embargo, a pesar de su alabada maestría, recibe, por parte de algunos críticos, como García Maroto, desde El País, duras palabras para un hombre que por estos años ya ha recibido muchos y muy merecidos elogios: “(…) excepción hecha de algunas manchas magistrales que representan la Fabrica de Tabacos, y apartando otras obras cargadas de influencias exóticas, la exposición de Bilbao inicia un retroceso en la carrera, o marca tristemente como una decadencia brutal, que indica el fin de un artista anecdótico y gentil, incapaz de resistir el análisis desapasionado”.

Fígaro
[Il. de La Ilustración Española
y Americana, 9 de diciembre de 1912]
Tampoco la maestría de Bilbao sale bien parada en la crítica de Balsa de la Vega, quien, considerando que “tiempo hacía que no alcanzara la fortuna de ver un conjunto de pinturas de una mano maestra cual la de este pintor (…) pues en las exposiciones Nacionales la sinceridad brilla por su ausencia y los efectismos y las extravagancias (…) no permiten formar juicio claro y preciso”, no obstante aclara que “rinde parias a los extravíos de la estética menguada que rige actualmente; y el resultado es verdaderamente doloroso; la personalidad de Bilbao se esfuma para no quedar más que la del imitador”. Reconoce como obra “completa” y admirable el retrato del Doctor Posada, además de los estudios de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, donde es muy destacable “la solidez naturalista con que está pintado”, al igual que en Cementerio árabe, Baja marea, La pradera de Chateauneuf, Fígaro, Mercedes la gitana. Sin embargo en cuadros, como los que muestra de jardines y en algunos otros estudios, “el maestro vacila, rinde parias a las maneras de otros pintores a quienes la crítica volandera ha puesto en los cuernos de la luna, pero que el mercado no acepta”.
Los críticos Francisco Alcántara o R. de C. valoran las obras de Bilbao, sin embargo, como una de las más selectas de la pintura española de aquellos momentos y, en general, de la pintura española contemporánea.
Destacan todos los críticos los estudios realizados del natural de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, además de los estudios de mujeres que expone, que siguen la línea que reveló Bilbao en su cuadro La Esclava. En cuanto a los retratos, uno de los más admirados en la exposición es el que hace del Dr. Posada, como hemos indicado.

La Esclava
 Silvio Lago desde La Esfera elogia la facilidad con que el arte de Gonzalo Bilbao ha ido evolucionando a medida que también lo  hacían las distintas épocas de la pintura española contemporánea. Tanto es así que si se estudia su obra, desde los primeros cuadros indecisos de su primera etapa sevillana, antes de marchar a Italia, hasta los estudios para su futuro cuadro Interior de la Fábrica de Tabacos, se encuentran reflejadas todas las orientaciones del arte del momento.
Taller de la Fábrica de Tabacos de Sevilla
[Ilustración de La Esfera, 1914]
Sigue diciendo Silvio Lago que en Bilbao hay tres puntos de vista perfectamente definidos: la pintura realista, al aire libre, la tendenciosa y la de retratos.
Al género de la pintura colorista y luminosa, al que abrió Sorolla valientamentente la ventana, y donde el vigor de la pincelada amplia sustituye al minucioso retoque de la pintura de historia, pertenecen obras como La siega, Efecto de sol en una huerta andaluza, La vuelta al hato, El puente de Triana, etc.
Representante del segundo punto de vista es el cuadro de La esclava, un cuadro perfecto en la euritmia de los colores y las figuras, la valoración de los tonos, las veladuras. “Pocos cuadros españoles contemporáneos causan la emocion dolorosa, lacinante de esta obra”, que muchos atacaron, en cuanto a la idea, en cuanto a su propósito tendencioso. El tercer aspecto del pintor, los retratos, que comenzó a pintar en plena madurez de su talento.
Silvio lago describe al pintor de este modo: “Alto y delgado, su estatura borra la impresión de hombre del lejano oriente que causa su rostro. Habla con esa dulzura silbante de los sevillanos y mientras habla da vueltas, entre sus manos inquietas, a las gafas, que se quita y se pone sin darse cuenta, abstraído en la conversación".
Bernardino de Pantorba recoge solo cuatro exposiciones personales de Bilbao: 1912 en el Salón Vilches de Madrid; 1919 en Maison Demotte de París; 1933 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid; 1941 en las Galerías Pallarés de Barcelona. A su muerte su viuda legó al Museo de Bellas Artes de Sevilla las obras que él poseía, con las que se formó una sala dedicada a la memoria del pintor sevillano.

 


[1] Información extraída de varios periódicos de la época. En Blanco y Negro, de 8 de diciembre de 1912, aparece una fotografía del Salón donde pueden verse expuestos los cuadros de Fígaro y Taller de la Fábrica de Tabacos de Sevilla; BERNARDINO DE PANTORBA, Historia y crítica de las Exposociones Nacionales de Bellas Artes, Madrid, 1980.